Manejo del dolor en el adulto mayor

Manejo del dolor en el adulto mayor

PUNTOS CLAVE

  • Entre el 60 y el 75 por ciento de los adultos mayores viven con algún tipo de dolor persistente, pero el dolor crónico no es una consecuencia inevitable ni aceptable del envejecimiento.
  • Las condiciones más frecuentes son la osteoartritis, el dolor lumbar, la neuropatía por diabetes y la neuralgia posherpética (después de la culebrilla).
  • El envejecimiento cambia cómo el cuerpo siente y procesa el dolor, lo que hace que la evaluación y el tratamiento deban adaptarse a la persona mayor.
  • Los medicamentos para el dolor en adultos mayores deben elegirse con cuidado por el riesgo de interacciones y efectos secundarios: algunos antiinflamatorios y sedantes son especialmente riesgosos.
  • La fisioterapia, el ejercicio adaptado, el apoyo psicológico y los cambios en el estilo de vida son herramientas eficaces y seguras que complementan el tratamiento farmacológico.

Si un adulto mayor no puede describir bien su dolor por dificultades cognitivas, preste atención a señales como agitación, muecas, resistencia al movimiento o cambios en el comportamiento: pueden indicar dolor no comunicado.

Cuántas veces hemos escuchado a un familiar mayor decir “es que ya tengo edad” como explicación para el dolor que siente todos los días. Y cuántas veces esa frase ha servido para cerrar la conversación, como si el dolor fuera un precio inevitable a pagar por haber vivido muchos años. Esta creencia, que desafortunadamente comparten tanto las personas mayores como algunos profesionales de salud, no tiene sustento científico y causa un sufrimiento innecesario a millones de personas.

El dolor crónico afecta entre el 60 y el 75 por ciento de los adultos mayores, según estudios internacionales. Es una de las principales causas de pérdida de independencia, depresión, aislamiento social y deterioro cognitivo en este grupo de edad. Pero no es una consecuencia normal ni inevitable del envejecimiento: es una condición médica tratable que merece evaluación y atención adecuadas.

En este artículo le explicamos por qué el dolor afecta de manera particular a las personas mayores, cuáles son las condiciones más frecuentes, cómo evaluar y comunicar el dolor al médico, y qué tratamientos son eficaces y seguros para este grupo de edad. La vejez puede y debe ser una etapa de bienestar.

Por qué el dolor en el adulto mayor tiene características únicas

El envejecimiento produce cambios en el sistema nervioso que modifican la forma en que el cuerpo experimenta y procesa el dolor. Algunos de estos cambios aumentan la vulnerabilidad al dolor crónico, mientras que otros pueden hacer que ciertos tipos de dolor sean más difíciles de detectar. Por eso la evaluación del dolor en una persona mayor requiere más cuidado y atención que en una persona joven.

Con la edad se pierden fibras nerviosas sensoriales, especialmente las encargadas de transmitir señales de dolor agudo. Esto puede hacer que los umbrales para el dolor por presión o por estímulos térmicos cambien, y que algunos adultos mayores presenten menor sensación inicial de dolor ante una lesión, lo que puede retrasar la búsqueda de atención. Al mismo tiempo, los mecanismos naturales del cerebro para modular e inhibir el dolor también se deterioran, lo que hace que el dolor persistente sea más difícil de controlar una vez que se establece.

A estas particularidades biológicas se suman factores psicosociales: muchos adultos mayores normalizan el dolor como parte de la vejez, tienen dificultades para comunicarlo en la consulta, toman múltiples medicamentos que pueden interactuar entre sí, y enfrentan limitaciones de movilidad o acceso a servicios de salud. Todo esto hace que el dolor en el adulto mayor sea frecuentemente subestimado y subtratado. Reconocer este problema es el primer paso para cambiarlo.

Las condiciones de dolor más frecuentes en personas mayores

La osteoartritis es la condición de dolor musculoesquelético más frecuente en adultos mayores. Afecta principalmente las rodillas, las caderas, las manos y la columna vertebral, y produce dolor con el movimiento que puede volverse constante en etapas avanzadas. Los cambios radiológicos de osteoartritis están presentes en el 37 por ciento de las personas mayores de 65 años, aunque no todos tienen síntomas. El tratamiento incluye ejercicio de bajo impacto, fisioterapia, control del peso y, cuando es necesario, medicamentos específicos.

El dolor lumbar es otra queja muy frecuente en este grupo de edad, relacionado con cambios degenerativos de la columna como la estenosis espinal, que ocurre en casi el 50 por ciento de las personas mayores de 60 años. La neuropatía diabética afecta a una proporción significativa de los adultos mayores con diabetes, muchos de ellos sin diagnóstico previo de neuropatía. La neuralgia posherpética, el dolor que persiste después de un episodio de culebrilla, es mucho más frecuente y severa en personas mayores de 60 años que en poblaciones más jóvenes.

La fibromialgia afecta del 2 al 5 por ciento de la población adulta mayor, con mayor prevalencia en mujeres. El dolor crónico posquirúrgico, que persiste más de tres meses después de una operación, también es relativamente frecuente en este grupo etario dado que muchos adultos mayores se someten a cirugías de reemplazo articular, cirugías cardíacas u otros procedimientos mayores. Cada una de estas condiciones tiene un perfil de tratamiento específico, y la coexistencia de varias en la misma persona es frecuente.

Video relacionado

Cómo evaluar y comunicar el dolor cuando es difícil expresarlo

La evaluación del dolor en adultos mayores presenta desafíos específicos. Algunos pacientes, especialmente los que tienen deterioro cognitivo o demencia, no pueden describir su dolor con palabras. Otros lo minimizan por creer que es normal o por no querer preocupar a sus familiares. Y las escalas numéricas tradicionales (del 0 al 10) no siempre son las más adecuadas para este grupo.

Para los adultos mayores que pueden comunicarse verbalmente, las escalas con caras o las escalas verbales descriptivas (“ningún dolor, poco dolor, dolor moderado, mucho dolor, el peor dolor de mi vida”) suelen ser más accesibles que las numéricas. En personas con deterioro cognitivo moderado a severo, el personal de salud y los familiares deben observar señales conductuales: muecas, agitación, resistencia al movimiento o al cuidado personal, vocalización de quejas, posturas protectoras, y cambios en el comportamiento habitual pueden ser indicadores de dolor no comunicado.

Los familiares y cuidadores tienen un papel fundamental en la comunicación del dolor a los profesionales de salud. Anotar cuándo y cómo el adulto mayor manifiesta malestar, qué actividades evita y si ha cambiado su estado de ánimo o su apetito, y llevar esa información a la consulta médica puede marcar la diferencia entre un dolor reconocido y tratado, y uno que se prolonga innecesariamente.

Tratamientos seguros y efectivos para el adulto mayor con dolor

El manejo del dolor en adultos mayores requiere especial prudencia con los medicamentos. Algunos fármacos que son seguros en personas jóvenes presentan riesgos importantes en personas mayores. Los antiinflamatorios no esteroideos (ibuprofeno, naproxeno, diclofenaco) deben usarse con gran cuidado o evitarse en adultos mayores por el riesgo de sangrado digestivo, daño renal y eventos cardiovasculares. El paracetamol a dosis adecuadas es generalmente más seguro como primera opción para el dolor leve a moderado.

Los gabapentinoides (gabapentina, pregabalina) son efectivos para el dolor neuropático pero pueden causar mareos y somnolencia que aumentan el riesgo de caídas. Los antidepresivos tricíclicos, aunque útiles para el dolor, tienen efectos secundarios cardíacos y anticolinérgicos que los hacen riesgosos en personas mayores. Los opioides pueden usarse cuando son necesarios, pero con dosis más bajas que en adultos jóvenes, ajuste cuidadoso y seguimiento estrecho por el riesgo de caídas, confusión y estreñimiento.

Las intervenciones no farmacológicas son especialmente valiosas en este grupo de edad por su seguridad y eficacia. El ejercicio físico adaptado a las capacidades de la persona, incluyendo ejercicios acuáticos, tai chi o caminata, ha demostrado reducir el dolor por osteoartritis y mejorar la función física. La fisioterapia, las aplicaciones de calor o frío, el TENS (estimulación nerviosa eléctrica transcutánea) y la terapia ocupacional orientada a mejorar la independencia en actividades diarias son herramientas efectivas y de bajo riesgo.

Lo que el adulto mayor puede hacer hoy para mejorar su dolor

El mantenerse activo es probablemente la medida más importante que una persona mayor puede adoptar para manejar el dolor crónico. La inactividad física acelera el deterioro articular y muscular, empeora la depresión y aumenta la percepción del dolor. No se trata de hacer esfuerzos que el cuerpo no puede tolerar, sino de encontrar un nivel de actividad sostenible y aumentarlo gradualmente con el apoyo de un fisioterapeuta si es necesario.

Mantener una rutina regular con horarios estables para levantarse, comer y dormir contribuye a regular el ciclo del dolor y a mejorar la calidad del sueño, que a menudo está alterada en personas mayores con dolor crónico. La participación en actividades sociales y recreativas tiene un efecto protector: el aislamiento social amplifica la percepción del dolor, mientras que la conexión con otros actúa como analgésico natural.

Llevar un registro sencillo del dolor, una nota diaria con cuánto duele (en escala del 1 al 10), a qué horas, qué lo mejora o empeora, es una herramienta muy útil para las visitas médicas. Un adulto mayor que llega a la consulta con información organizada sobre su dolor permite al médico tomar mejores decisiones terapéuticas. No espere a que el dolor sea insoportable para mencionarlo: la atención temprana da mejores resultados.

Cuándo el dolor del adulto mayor requiere evaluación urgente

Algunos cambios en el patrón de dolor de un adulto mayor requieren evaluación médica sin demora. Consulte de inmediato si el dolor es nuevo o diferente al habitual, si viene acompañado de fiebre, pérdida de peso o sudoración nocturna, si hay signos de caída reciente con posibilidad de fractura, si el dolor impide caminar o moverse, o si aparece confusión o deterioro cognitivo repentino junto con el dolor.

En personas con osteoporosis, cualquier dolor nuevo en la espalda o en las costillas debe evaluarse para descartar fractura vertebral por compresión, que puede ocurrir sin traumatismo previo significativo. Las personas mayores con diabetes que notan cambios en la sensibilidad de sus pies deben consultar pronto para detectar neuropatía o lesiones que no sienten por la pérdida de sensibilidad.

Finalmente, si el dolor está afectando el estado de ánimo del adulto mayor de manera persistente, si ha dejado de disfrutar actividades que antes le gustaban, o si está evitando el contacto social, consulte también por ese componente. La depresión y el dolor crónico se retroalimentan mutuamente en las personas mayores, y tratar ambos al mismo tiempo da mejores resultados que abordar solo uno de los dos.

Su compromiso de hoy

Esta semana puede dar estos pasos concretos:

  • Esta semana, pregunte al adulto mayor de su familia si tiene algún dolor que no ha mencionado al médico: abra esa conversación con paciencia y sin juzgar.
  • Si usted mismo es adulto mayor y tiene dolor, anote esta semana dónde duele, cuándo y cuánto: lleve esa información a su próxima consulta.
  • Identifique una actividad física suave que pueda realizar tres veces esta semana: caminar en casa, ejercicios sentado o en el agua si tiene acceso.
  • Revise con su médico si alguno de sus medicamentos actuales podría estar contribuyendo al dolor o a la fatiga: no cambie nada sin consultar primero.

El dolor en la vejez no es el precio de haber vivido: es una condición tratable. Usted merece los mejores años de su vida sin dolor innecesario.

Referencias

  • Hemraj, A., Malec, M., Shega, J. W., y Weiner, D. K. (2018). Persistent pain in the older adult: practical considerations for evaluation and management. En R. J. Moore (Ed.), Handbook of pain and palliative care (2.a ed., pp. 175-198). Springer International Publishing.
  • Mills, S. E. E., van Hecke, O., y Smith, B. H. (2018). Epidemiology of chronic pain. En R. J. Moore (Ed.), Handbook of pain and palliative care (2.a ed., pp. 23-42). Springer International Publishing.
  • Organización Panamericana de la Salud. (2018). Plan de acción sobre la salud de las personas mayores incluido el envejecimiento saludable y activo 2009-2018. OPS.
  • Sehgal, N., Laursen, K., Falco, F., y Manchikanti, L. (2018). Rehabilitation treatments for chronic musculoskeletal pain. En R. J. Moore (Ed.), Handbook of pain and palliative care (2.a ed., pp. 565-580). Springer International Publishing.
  • Velly, A. M., Chen, H., Ferreira, J. R., Mohit, S., Tarozzo, M. M. B., y Fricton, J. R. (2018). Temporomandibular disorders and its relationship with fibromyalgia. En R. J. Moore (Ed.), Handbook of pain and palliative care (2.a ed., pp. 399-418). Springer International Publishing.

Contenido revisado por profesionales de la salud

Este artículo fue verificado por el equipo médico de Hablemos de Salud SV: Dr. Gustavo Cuéllar, Dr. Fernando Santa Cruz y Dra. Sara Corado, médicos salvadoreños especialistas en medicina familiar y gerontología clínica. Conoce al equipo →

¿Tienes dudas sobre este tema?

Únete a nuestro canal de WhatsApp y recibe contenido de salud confiable directamente en tu celular.

Unirme al canal de WhatsApp →

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio